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Capítulo-12. Las Aventuras de Tom Sawyer. español-ruso

Глава-12 Жизнь потеряла очарование - Capitulo-12 La vida había perdido su encanto

Capítulo 12 - Глава 12

 Жизнь потеряла очарование

 

1           Una de las razones
2           por las cuales el pensamiento de Tom
3           se había ido apartando de sus ocultas cuitas
4           era porque había encontrado un nuevo y grave tema
5           en que interesarse.
6           Becky Thatcher había dejado de acudir a la escuela.
7           Tom había batallado con su amor propio
8           por unos días
9           y trató de «mandarla a paseo» mentalmente;
10         pero fue en vano.
11         Sin darse cuenta de ello,
12         se encontró rondando su casa por las noches
13         y presa de honda tristeza.
14         Estaba enferma.
15         ¡Y si se muriese!
16         La idea era para enloquecer.
17         No sentía ya interés alguno por la guerra,
18         y ni siquiera por la piratería.
19         La vida había perdido su encanto
20         y no quedaba en ella más que aridez.
21         Guardó en un rincón el aro y la raqueta:
22         ya no encontraba goce en ellos.
23         La tía estaba preocupada;
24         empezó a probar
25         toda clase de medicinas en el muchacho.
26         Era una de esas personas
27         que tienen la chifladura de los específicos
28         y de todos los métodos flamantes
29         para fomentar la salud o recomponerla.
30         Era una inveterada experimentadora
31         en ese ramo.
32         En cuanto aparecía alguna cosa nueva,
33         ardía en deseos de ponerla a prueba,
34         no en sí misma,
35         porque ella nunca estaba enferma,
36         sino en cualquier persona que tuviera a mano.
37         Estaba suscrita
38         a todas las publicaciones de «Salud»
39         y fraudes frenológicos,
40         y la solemne ignorancia
41         de que estaban henchidas
42         era como oxígeno para sus pulmones.
43         Todas las monsergas
44         que en ellas leía acerca de la ventilación,
45         y el modo de acostarse
46         y el de levantarse,
47         y qué se debe comer,
48         y qué se debe beber,
49         y cuánto ejercicio hay que hacer,
50         y en qué estado de ánimo hay que vivir,
51         y qué ropas debe uno ponerse,
52         eran para ella el evangelio;
53         y no notaba nunca
54         que sus periódicos salutíferos del mes corriente
55         habitualmente echaban por tierra
56         todo lo que habían recomendado el mes anterior.
57         Su sencillez y su buena fe
58         la hacían una víctima segura.
59         Reunía todos sus periódicos
60         y sus medicamentos charlatanescos,
61         y así, armada contra la muerte,
62         iba de un lado para otro
63         en su cabalgadura espectral,
64         metafóricamente hablando,
65         y llevaba «el infierno tras ella».
66         Pero jamás se le ocurrió la idea
67         de que no era ella un ángel consolador
68         y un bálsamo de Gilead, disfrazado,
69         para sus vecinos dolientes.
70         El tratamiento de agua era a la sazón cosa nueva,
71         y el estado de debilidad de Tom
72         fue para la tía un don de la Providencia.
73         Sacaba al muchacho al rayar el día,
74         le ponía en pie bajo el cobertizo de la leña
75         y lo ahogaba con un diluvio de agua fría;
76         le restregaba con una toalla
77         como una lima,
78         y como una lima lo dejaba;
79         lo enrollaba después en una sábana mojada
80         y lo metía bajo mantas,
81         haciéndole sudar
82         hasta dejarle el alma limpia,
83         y «las manchas que tenía en ella
84         le salían por los poros»,
85         como decía Tom.
86         Sin embargo, y a pesar de todo,
87         estaba el muchacho cada vez más taciturno
88         y pálido y decaído.
89         La tía añadió baños calientes,
90         baños de asiento, duchas y zambullidas.
91         El muchacho siguió tan triste
92         como un féretro.
93         Comenzó entonces a ayudar al agua
94         con gachas ligeras como alimento,
95         y sinapismos.
96         Calculó la cabida del muchacho
97         como la de un barril,
98         y todos los días lo llenaba hasta el borde
99         con panaceas de curandero.
100       Tom se había hecho ya para entonces
101       insensible a las persecuciones.
102       Esta fase llenó a la anciana de consternación.
103       Había que acabar con aquella «indiferencia»
104       a toda costa.
105       Oyó hablar entonces por primera vez del
106       «matadolores».
107       Encargó en el acto una buena remesa.
108       Lo probó y se quedó extasiada.
109       Era simplemente fuego en forma líquida.
110       Abandonó el tratamiento de agua y todo lo demás
111       y puso toda su fe en el «matadolores».
112       Administró a Tom una cucharadita llena
113       y le observó con profunda ansiedad
114       para ver el resultado.
115       Al instante se calmaron todas sus aprensiones
116       y recobró la paz del alma:
117       la «indiferencia» se hizo añicos
118       y desapareció al punto.
119       El chico no podía haber mostrado
120       más intenso y desaforado interés
121       si le hubiera puesto una hoguera debajo.
122       Tom sintió que era ya hora de despertar:
123       aquella vida podía ser todo lo romántica
124       que convenía a su estado de ánimo,
125       pero iba teniendo muy poco de sentimentalismo
126       y era excesiva
127       y perturbadamente variada.
128       Meditó, pues, diversos planes
129       para buscar alivio,
130       y finalmente dio en fingir
131       que le gustaba el «matadolores».
132       Lo pedía tan a menudo
133       que llegó a hacerse insoportable,
134       y la tía acabó por decirle
135       que tomase él mismo lo que tuviera en gana
136       y no la marease más.
137       Si hubiese sido Sid
138       no hubiera ella tenido ninguna suspicacia
139       que alterase su gozo;
140       pero como se trataba de Tom,
141       vigiló la botella clandestinamente.
142       Se convenció así de que, en efecto,
143       el medicamento disminuía;
144       pero no se le ocurrió pensar
145       que el chico estaba devolviendo la salud,
146       con él, a una resquebrajadura
147       que había en el piso de la sala.
148       Un día estaba Tom en el acto
149       de administrar la dosis a la grieta,
150       cuando el gato amarillo de su tía llegó ronroneando,
151       con los ojos ávidos fijos en la cucharilla
152       y mendigando para que le diesen un poco.
153       Tom dijo:
154          – No lo pidas, a menos que lo necesites, Perico.
155       Pero Perico dejó ver que lo necesitaba.
156          – Más te vale estar bien seguro.
157       Perico estaba seguro.
158          – Pues tú lo has pedido, voy a dártelo,
159       para que no creas que es tacañería;
160       pero si luego ves que no te gusta
161       no debes echar la culpa a nadie más que a ti.
162       Perico asintió:
163       así es que Tom le hizo abrir la boca
164       y le vertió dentro el «matadolores».
165       Perico saltó un par de veces en el aire,
166       exhaló en seguida un salvaje grito de guerra
167       y se lanzó a dar vueltas y vueltas por el cuarto,
168       chocando contra los muebles,
169       volcando tiestos
170       y causando general estrago.
171       Después se irguió sobre las patas traseras
172       y danzó alrededor, en un frenesí de deleite,
173       con la cabeza caída sobre el hombro
174       y proclamando a voces su desaforada dicha.
175       Marchó en seguida, disparado,
176       por toda la casa, esparciendo el caos
177       y la desolación en su camino.
178       La tía Polly entró a tiempo
179       de verle ejecutar
180       unos dobles saltos mortales,
181       lanzar un formidable ¡hurra! final,
182       y salir volando por la ventana
183       llevándose con él lo que quedaba de los tiestos.
184       La anciana, se quedó petrificada por el asombro,
185       mirando por encima de los lentes;
186       Tom, tendido en el suelo, descoyuntado de risa.
187          – Tom, ¿qué es lo que le pasa a ese gato?
188          – No lo sé, tía – balbuceó el muchacho.
189          – Nunca he visto cosa igual.
190       ¿Qué le habrá hecho ponerse de ese modo?
191          – De veras que no lo sé, tía;
192       los gatos siempre se ponen de ese modo
193       cuando lo están pasando bien.
194          – ¿Se ponen así? ¿No es cierto?
195       Había algo en el tono de esta pregunta
196       que escamó a Tom.
197          – Sí, tía. Vamos, me parece a mí.
198          – ¿Te parece?
199          – Sí, señora.
200       La anciana estaba agachada,
201       y Tom la observaba con interés,
202       avivado por cierta ansiedad.
203       Cuando adivinó por «donde iba»
204       ya era demasiado tarde.
205       El mango de la cucharilla delatora
206       se veía por debajo de las faldas de la cama.
207       Tom parpadeó y bajó los ojos.
208       La tía Polly lo levantó del suelo
209       por el acostumbrado agarradero, la oreja,
210       y le dio un fuerte papirotazo
211       en la cabeza con el dedal.
212          – Y ahora, dígame usted:
213       ¿Por qué ha tratado a ese pobre animal
214       de esa manera?
215          – Lo hice de pura lástima...,
216       porque no tiene tías.
217          – ¡Porque no tiene tías!
218       ¡Simple! ¿Qué tiene que ver con eso?
219          – La mar.
220       ¡Porque si hubiera tenido una tía,
221       le hubiera quemado vivo ella misma!
222       Le hubiera asado las entrañas
223       hasta que las echase fuera,
224       sin darle más lástima
225       que si fuera un ser humano.
226       La tía Polly sintió de pronto
227       la angustia del remordimiento.
228       Eso para poner la cosa bajo una nueva luz:
229       lo que era crueldad para un gato,
230       podía también ser crueldad para un chico.
231       Comenzó a enternecerse; sentía pena.
232       Se le humedecieron los ojos;
233       puso la mano sobre la cabeza de Tom
234       y dijo dulcemente:
235          – Ha sido con la mejor intención, Tom.
236       Y además, hijo, te ha hecho bien.
237       Tom levantó los ojos
238       y la miró a la cara
239       con un imperceptible guiño de malicia
240       asomando a través de su gravedad:
241          – Ya sé que lo hiciste
242       con la mejor intención, tía,
243       y lo mismo me ha pasado a mí con Perico.
244       También a él le ha hecho bien:
245       no le he visto nunca dar vueltas
246       con tanta soltura.
247          – ¡Anda, vete de aquí
248       antes de que me hagas enfadar de nuevo!
249       Y trata de ver si puedes ser bueno por una vez,
250       y no necesitas tomar ya más medicina.
251       Tom llegó a la escuela antes de la hora.
252       Se había notado que ese hecho, tan desusado,
253       se venía repitiendo de algún tiempo atrás.
254       Y aquel día, como también, en los anteriores,
255       se quedó por los alrededores de la puerta del patio,
256       en vez de jugar con sus compañeros.
257       Estaba malo, según decía,
258       y su aspecto lo confirmaba.
259       Aparentó que estaba mirando en todas direcciones
260       menos en la que realmente miraba:
261       carretera abajo.
262       A poco apareció a la vista Jeff Thatcher,
263       y a Tom se le iluminó el semblante;
264       miró un momento
265       y apartó la vista compungido.
266       Cuando Jeff Thatcher llegó,
267       Tom se le acercó
268       y fue llevando hábilmente la conversación
269       para darle motivo
270       de decir algo a Becky;
271       pero el atolondrado rapaz no vio el cebo.
272       Tom siguió en acecho,
273       lleno de esperanza cada vez
274       que una falda revoloteaba a lo lejos,
275       y odiando a su propietaria
276       cuando veía que no era
277       la que esperaba.
278       Al fin cesaron de aparecer faldas,
279       y cayó en desconsolada murria.
280       Entró en la escuela vacía
281       y se sentó a sufrir.
282       Una falda más penetró por la puerta del patio,
283       y el corazón le pegó un salto.
284       Un instante después estaba Tom fuera
285       y lanzado a la palestra como un indio bravo:
286       rugiendo, riéndose,
287       persiguiendo a los chicos,
288       saltando la valla a riesgo de perniquebrarse,
289       dando volteretas,
290       quedándose en equilibrio con la cabeza en el suelo,
291       y en suma,
292       haciendo todas las heroicidades
293       que podía concebir,
294       y sin dejar ni un momento, disimuladamente,
295       de observar si Becky le veía.
296       Pero no parecía que ella se diese cuenta;
297       no miró ni una sola vez.
298       ¿Era posible que no hubiera notado
299       que estaba él allí?
300       Trasladó el campo de sus hazañas
301       a la inmediata vecindad de la niña:
302       llegó lanzando el grito de guerra de los indios,
303       arrebató a un chico la gorra
304       y la tiró al tejado de la escuela,
305       atropelló por entre un grupo de muchachos,
306       tumbándolos cada uno por su lado,
307       se dejó caer de bruces delante de Becky,
308       casi haciéndola vacilar.
309       Y ella volvió la espalda, con la nariz respingada,
310       y Tom le oyó decir:
311          – !Puff. Algunos se tienen por muy graciosos...;
312       ¡siempre presumiendo!
313       Sintió Tom
314       que le ardían las mejillas.
315       Se puso en pie y se escurrió fuera,
316       abochornado y abatido.

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