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Las Aventuras de Tom Sawyer. español-ruso

Глава-30 За поместьем вдовы - Detrás de la finca de la viuda

Capítulo 30 - Глава 30

 За поместьем вдовы - Detrás de la finca de la viuda

 

1           Antes del primer barrunto del alba,
2           en la madrugada del domingo,
3           Huck subió a tientas por el monte,
4           y llamó suavemente a la puerta del galés.
5           Todos los de la casa estaban durmiendo,
6           pero era un sueño que pendía de un hilo,
7           a causa de los emocionantes sucesos
8           de aquella noche.
9           Desde una de las ventanas gritó una voz:
10         – ¿Quién es?
11         Huck, con medroso y cohibido tono, respondió:
12         – Hágame el favor de abrir. Soy Huck Finn.
13         – De noche o de día
14         siempre tendrás esta puerta abierta, muchacho.
15         Y bienvenido.
16         Eran estas palabras inusitadas
17         para los oídos del chico vagabundo.
18         No se acordaba
19         de que la frase final hubiera sido pronunciada
20         nunca tratándose de él.
21         La puerta se abrió en seguida.
22         Le ofrecieron asiento
23         y el viejo y sus hijos se vistieron a toda prisa.
24         – Bueno, muchacho;
25         espero que estarás bien
26         y que tendrás buen apetito,
27         porque el desayuno estará a punto tan pronto
28         como asome el sol,
29         y será de lo bueno;
30         tranquilízate en cuanto a eso.
31         Yo y los chicos esperábamos
32         que hubieras venido a dormir aquí.
33         – Estaba muy asustado – dijo Huck –
34         y eché a correr.
35         Me largué en cuanto oí las pistolas,
36         y no paré en tres millas.
37         He venido ahora
38         porque quería enterarme de lo ocurrido,
39         ¿sabe usted?;
40         y he venido antes que sea de día
41         porque no quería tropezarme
42         con aquellos condenados,
43         aunque estuviesen muertos.
44         – Bien, hijo, bien;
45         tienes cara de haber pasado mala noche;
46         pero ahí tienes una cama
47         para echarte después de desayunar.
48         No, no están muertos, muchacho,
49         y bien que lo sentimos.
50         Ya ves, sabíamos bien
51         dónde podíamos echarles mano,
52         por lo que tú nos dijiste;
53         así es que nos fuimos acercando de puntillas
54         hasta menos de cinco varas de donde estaban.
55         El sendero se hallaba oscuro como una cueva.
56         Y justamente en aquel momento
57         sentí que iba a estornudar.
58         ¡Suerte perra!
59         Traté de contenerme, pero no sirvió de nada:
60         tenía que venir, y cuando estornudé
61         se oyó moverse a los canallas
62         para salir del sendero;
63         yo grité: «¡Fuego muchachos!»,
64         y disparé contra el sitio donde se oyó el ruido.
65         Lo mismo hicieron los chicos.
66         Pero escaparon
67         como exhalaciones aquellos bandidos,
68         y nosotros tras ellos a través del bosque.
69         No creo que le hiciéramos nada.
70         Cada uno de ellos soltó un tiro al escapar,
71         pero las balas pasaron zumbando sin hacernos daño.
72         En cuanto dejamos de oír sus pasos,
73         abandonamos la caza
74         y bajamos a despertar a los policías.
75         Juntaron una cuadrilla
76         y se fueron a vigilar la orilla del río,
77         y tan pronto como amanezca
78         va a dar una batida el sheriff por el bosque,
79         y mis hijos van a ir con él y su gente.
80         Lástima que no sepamos
81         las señas de esos bribones:
82         eso ayudaría mucho.
83         Pero me figuro que tú no podrías ver en la oscuridad
84         la pinta que tenían, ¿no es eso?
85         – Sí, sí; los vi abajo en el pueblo
86         y los seguí.
87         – ¡Magnífico!
88         Dime cómo son; dímelo muchacho.
89         – Uno de ellos
90         es el viejo mudo español
91         que ha andado por aquí una o dos veces,
92         el otro es uno de mala traza, destrozado...
93         – ¡Basta, muchacho, basta!, ¡los conocemos!
94         Nos encontramos con ellos un día en el bosque,
95         por detrás de la finca de la viuda,
96         y se alejaron con disimulo.
97         ¡Andando, muchachos, a contárselo al sheriff!...;
98         ya desayunaréis mañana.
99         Los hijos del galés se fueron en seguida.
100       Cuando salían de la habitación,
101       Huck se puso en pie y exclamó:
102       – ¡Por favor,
103       no digan a nadie que yo di el soplo!
104       ¡Por favor!
105       – Muy bien, si tú no quieres, Huck;
106       pero a ti se te debía el agradecimiento
107       por lo que has hecho.
108       – ¡No, no! No digan nada.
109       Después de irse sus hijos
110       el anciano galés dijo:
111       – Esos no dirán nada, ni yo tampoco.
112       Pero ¡por qué no quieres que se sepa!
113       Huck no se extendió en sus explicaciones
114       más allá de decir
115       que sabía demasiadas cosas
116       de uno de aquellos hombres
117       y que por nada del mundo quería
118       que llegase a su noticia que él, Huck,
119       sabía algo en contra suya,
120       pues lo mataría por ello,
121       sin la menor duda.
122       El viejo prometió una vez más guardar secreto,
123       y añadió:
124       – ¿Cómo se te ocurrió seguirlos?
125       ¿Parecían sospechosos?
126       Huck permaneció callado
127       mientras fraguaba una respuesta
128       con la debida cautela.
129       Después dijo:
130       – Pues verá usted:
131       yo soy una especie de chico malo;
132       al menos, todo el mundo lo dice,
133       y no tengo nada que responder.
134       Y algunas veces ocurre
135       que no puedo dormir a gusto
136       por ponerme a pensar en ello
137       y como tratando de seguir por mejor camino.
138       Y eso me pasó anoche.
139       No podía dormir y subía por la calle,
140       dándole vueltas al asunto,
141       y cuando llegaba a aquel almacén de ladrillos
142       junto a la Posada de Templanza
143       me recosté de espaldas a la pared
144       para pensar otro rato.
145       Bueno; pues en aquel momento
146       llegan esos dos prójimos
147       y pasan a mi lado
148       con una cosa bajo el brazo,
149       y yo pensé que la habrían robado.
150       El uno iba fumando y el otro le pidió fuego;
151       así es que se pararon delante de mí,
152       y la lumbre de los cigarros les alumbró las caras,
153       y vi que el alto era el español sordomudo,
154       por la barba blanca
155       y el parche en el ojo,
156       y el otro era un facineroso roto lleno de jirones.
157       – ¿Y pudiste ver los jirones
158       con la lumbre de los cigarros?
159       Esto azoró a Huck por un momento.
160       Después respondió:
161       – Bueno, no sé; pero me parece que lo vi.
162       – Después ellos echarían a andar, y tú...
163       – Sí; los seguí. Eso es:
164       quería ver lo que traían entre manos,
165       pues marchaban con tanto recelo.
166       Los seguí hasta el portillo de la finca de la viuda,
167       y me quedé en lo oscuro,
168       y oí al de los harapos interceder por la viuda,
169       y el español juraba que le había de cortar la cara,
170       lo mismo que le dije a usted y a sus dos...
171       – ¿Cómo? ¡El mudo dijo todo eso!
172       Huck había dado otro irremediable tropezón.
173       Hacía cuanto podía para impedir
174       que el viejo tuviera el menor barrunto
175       de quién pudiera ser el español,
176       y parecía que su lengua tenía empeño
177       en crearle dificultades
178       a pesar de todos sus esfuerzos.
179       Intentó por diversos medios
180       salir del atolladero,
181       pero el anciano no le quitaba ojo,
182       y se embarulló cada vez más.
183       – Muchacho – dijo el galés –,
184       no tengas miedo de mí;
185       por nada del mundo
186       te haría el menor daño.
187       No; yo te protegeré..., he de protegerte.
188       Ese español no es sordomudo;
189       se te ha escapado sin querer,
190       y ya no puedes enmendarlo.
191       Tú sabes algo de ese español
192       y no quieres sacarlo a colación.
193       Pues confía en mí:
194       dime lo que es, y fíate de mí:
195       no he de hacerte traición.
196       Huck miró un momento
197       los ojos sinceros y honrados del viejo,
198       y después se inclinó y murmuró en su oído:
199       – No es español..., ¡es Joe el Indio!
200       El galés casi saltó de la silla.
201       – Ahora se explica todo – dijo –.
202       Cuando hablaste de lo de abrir las narices
203       y despuntar orejas
204       creí que todo eso lo habías puesto de tu cosecha,
205       para adorno,
206       porque los blancos
207       no toman ese género de venganzas.
208       ¡Pero un indio...! Eso ya es cosa distinta.
209       Mientras despachaban el desayuno
210       siguió la conversación, y el galés dijo
211       que lo último
212       que hicieron él y sus hijos aquella noche
213       antes de acostarse
214       fue coger un farol
215       y examinar el portillo y sus cercanías
216       para descubrir manchas de sangre.
217       No encontraron ninguna;
218       pero sí cogieron un abultado lío.
219       – ¿De qué? – gritó Huck.
220       Un rayo no hubiera salido
221       con más sorprendente rapidez
222       que esa pregunta de los dos pálidos labios de Huck.
223       Tenía los ojos fijos fuera de las órbitas,
224       y no respiraba... esperando la respuesta.
225       El galés se sobresaltó, le miró también fijamente
226       durante uno, dos, tres..., diez segundos,
227       y entonces replicó:
228       – Herramientas
229       de las que usan los ladrones.
230       Pero ¿qué es lo que te pasa?
231       Huck se reclinó en el respaldo, jadeante,
232       pero, profunda, indeciblemente gozoso.
233       El galés le miró grave,
234       con curiosidad,
235       y al fin le dijo:
236       – Sí; herramientas de ladrón.
237       Eso parece que te ha consolado.
238       Pero, ¿por qué te pusiste así?
239       ¿Qué creías que íbamos a encontrar en el bulto?
240       Huck estaba en un callejón sin salida;
241       el ojo escrutador no se apartaba de él;
242       hubiera dado cualquier cosa
243       por encontrar materiales
244       para una contestación aceptable.
245       Nada se le ocurría;
246       el ojo zahorí
247       iba penetrando más y más profundamente;
248       se le ocurrió una respuesta absurda;
249       no tuvo tiempo para sopesarla,
250       y la soltó, a la buena de Dios, débilmente.
251       – Catecismos quizá.
252       El pobre Huck
253       estaba harto embarazado para sonreír;
254       pero el viejo soltó una alegre
255       y ruidosa carcajada,
256       hizo sacudirse convulsivamente
257       todas las partes de su anatomía
258       y acabó diciendo
259       que risas así eran mejor que dinero en el bolsillo
260       porque disminuían la cuenta del médico
261       como ninguna otra cosa.
262       Después añadió:
263       – ¡Pobre, chico!
264       Estás sin color y cansado.
265       No debes de estar bueno.
266       No es de extrañar que se te vaya la cabeza
267       y no estés en tus cabales.
268       Con descansar y dormir quedarás como nuevo.
269       Huck estaba rabioso
270       de ver que se había conducido como un asno
271       y que había dejado traslucir
272       su sospechosa nerviosidad,
273       pues ya había desechado la idea
274       de que el bulto traído de la posada
275       pudiera ser el tesoro,
276       tan pronto como oyó el coloquio
277       junto al portillo de la finca de la viuda.
278       No había hecho, sin embargo, más que pensar
279       que no era el tesoro,
280       pero no estaba cierto de ello,
281       y por eso la mención de un bulto capturado
282       bastó para hacerle
283       perder la serenidad.
284       Pero, en medio de todo,
285       se alegraba de lo sucedido,
286       pues ahora sabía, sin posibilidad de duda,
287       que lo que llevaba no era el tesoro,
288       y esto le devolvía la tranquilidad
289       y el bienestar a su espíritu.
290       La verdad era
291       que todo parecía marchar por buen camino:
292       el tesoro tenía que estar aún en el número dos,
293       no había de pasar el día sin que aquellos hombres
294       fueran detenidos y encarcelados,
295       y Tom y él podrían apoderarse del oro
296       sin dificultad alguna y sin temor a interrupciones.
297       Cuando acababan de desayunar
298       llamaron a la puerta.
299       Huck se levantó de un salto, para esconderse,
300       pues no estaba dispuesto a que se le atribuyera
301       ni la más remota conexión
302       con los sucesos de aquella noche.
303       El galés abrió la puerta
304       a varios señores y señoras,
305       entre éstas la viuda de Douglas,
306       y notó que algunos grupos
307       subían la cuesta
308       para contemplar el portillo,
309       señal de que la noticia se había propagado.
310       El galés tuvo que hacer el relato de los sucesos
311       a sus visitantes.
312       La viuda no se cansaba de expresar
313       su agradecimiento
314       a los que la habían salvado.
315       – No hable usted más de ello, señora;
316       hay otro
317       a quien tiene que estar más agradecida
318       que a mí y a mis muchachos,
319       pero no quiere que se diga su nombre.
320       De no ser por él, nosotros no hubiéramos estado allí.
321       Esto, como es de suponer,
322       despertó tan viva curiosidad
323       que casi aminoró
324       la que inspiraba el principal suceso;
325       pero el galés
326       dejó que corroyera las entrañas de sus visitantes
327       y por mediación de ellos las de todo el pueblo,
328       pues no quiso descubrir su secreto.
329       Cuando supieron todo lo que había que saber,
330       la viuda dijo.
331       – Me quedé dormida leyendo en la cama,
332       y seguí durmiendo durante todo el bullicio.
333       ¿Por qué no fue usted y me despertó?
334       – Creíamos que no valía la pena.
335       No era fácil que aquellos prójimos volvieran:
336       no les habían quedado herramientas para trabajar;
337       y ¿de qué servía despertar a usted
338       y darle un susto mortal?
339       Mis tres negros
340       se quedaron guardando la casa toda la noche.
341       Ahora acaban de volver.
342       Llegaron más visitantes
343       y hubo que contar y recontar la historia
344       durante otras dos horas.
345       No había escuela dominical
346       durante las vacaciones,
347       pero todos fueron temprano a la iglesia.
348       El emocionante suceso
349       fue bien examinado y discutido.
350       Se supo que aún no se había encontrado
351       el menor rastro de malhechores.
352       Al acabarse el sermón,
353       el juez Thatcher se acercó a la señora Harper,
354       que salía por el centro de la nave, entre la multitud.
355       – ¿Pero es que mi Becky
356       se va a pasar durmiendo todo el día? – le dijo –.
357       Ya me figuraba yo que estaría muerta de cansancio.
358       – ¿Su Becky?
359       – Sí – contestó el juez alarmado –.
360       ¿No ha pasado la noche en casa de usted?
361       – ¡Ña! No, señor.
362       La esposa del juez palideció
363       y se dejó caer sobre un banco,
364       en el momento que pasaba tía Polly
365       hablando apresuradamente con una amiga.
366       – Buenos días, señoras – dijo –.
367       Uno de mis chicos no aparece.
368       Me figuro que se quedaría a dormir
369       en casa de una de ustedes,
370       y que luego habrá tenido miedo
371       de presentarse en la iglesia.
372       Ya le ajustaré las cuentas.
373       La señora de Thatcher
374       hizo un débil movimiento negativo con la cabeza
375       y se puso aún más pálida.
376       – No ha estado con nosotros –
377       dijo la señora Harper, un tanto inquieta.
378       Una viva ansiedad contrajo el rostro de tía Polly.
379       – Joe Harper,
380       ¿has visto a mi Tom esta mañana?
381       Joe hizo memoria, pero no estaba seguro
382       de si le había visto o no.
383       La gente que salía se iba deteniendo.
384       Fueron extendiéndose los cuchicheos
385       y en todas las caras
386       se iba viendo la preocupación y la intranquilidad.
387       Se interrogó ansiosamente
388       a los niños y a los instructores.
389       Todos decían que no habían notado
390       si Tom y Becky estaban a bordo del vapor
391       en el viaje de vuelta;
392       la noche era muy oscura
393       y nadie pensó en averiguar si alguno faltaba.
394       Un muchacho dejó escapar su temor
395       de que estuvieran aún en la cueva.
396       La madre de Becky se desmayó;
397       tía Polly rompió a llorar, retorciéndose las manos.
398       La alarma corrió de boca en boca,
399       de grupo en grupo y de calle en calle,
400       y aún no habían pasado cinco minutos
401       cuando las campanas
402       comenzaron a voltear, clamorosas,
403       y todo el pueblo se había echado a la calle.
404       Lo ocurrido en el monte Cardiff
405       se sumió de pronto en la insignificancia;
406       nadie volvió a acordarse de los malhechores;
407       se ensillaron caballos,
408       se tripularon botes,
409       la barca de vapor fue requisada,
410       y antes de media hora
411       doscientos hombres se apresuraban
412       por la carretera o río abajo hacia la caverna.
413       Durante el lento transcurrir de la tarde
414       el pueblo parecía deshabitado y muerto.
415       Muchas vecinas visitaron a tía Polly
416       y a la señora de Thatcher
417       para tratar de consolarlas,
418       y lloraron con ellas además,
419       y eso era más elocuente que las palabras.
420       El pueblo entero pasó la interminable noche
421       en espera de noticias;
422       pero la única que se recibió,
423       cuando ya clareaba el día,
424       fue la de «que hacían falta más velas
425       y que enviasen comestibles».
426       La señora de Thatcher y tía Polly
427       estaban como locas.
428       El juez les mandaba recados desde la cueva
429       para darles ánimos y tranquilizarlas,
430       pero ninguno motivaba esperanzas.
431       El viejo galés volvió a su casa al amanecer,
432       cubierto de barro y de goterones de sebo de velas,
433       sin poder tenerse de cansancio.
434       Encontró a Huck
435       todavía en la cama que le habían proporcionado,
436       y delirando de fiebre.
437       Los médicos todos estaban en la cueva,
438       así es que la viuda de Douglas
439       había ido para hacerse cargo del paciente.
440       «No sé si es bueno, malo o mediano –
441       dijo –;
442       pero es hijo de Dios
443       y nada que es cosa de Él puede dejarse abandonada.»
444       El galés dijo que no le faltaban buenas cualidades,
445       a lo que replicó la viuda:
446       – Esté usted seguro de ello.
447       Esa es la marca del Señor
448       y no deja de ponerla nunca.
449       La pone en alguna parte en toda criatura
450       que sale de sus manos.
451       Al empezar la tarde
452       grupos de hombres derrengados
453       fueron llegando al pueblo;
454       pero los más vigorosos de entre los vecinos
455       continuaban la busca.
456       Todo lo que se llegó a saber
457       fue que se estaban registrando profundidades
458       tan remotas de la cueva
459       que jamás habían sido exploradas;
460       que no había recoveco ni hendedura
461       que no fuera minuciosamente examinado;
462       que por cualquier lado
463       que se fuese por entre el laberinto de galerías,
464       se veían luces
465       que se movían de aquí para allá,
466       y los gritos
467       y las detonaciones de pistolas
468       repercutían en los ecos de los oscuros subterráneos.
469       En un sitio
470       muy lejos de donde iban ordinariamente los turistas
471       habían encontrado los nombres de Tom y Becky
472       trazados con humo sobre la roca
473       y, a poca distancia,
474       un trozo de cinta manchado de sebo.
475       La señora de Thatcher
476       lo había reconocido deshecha en lágrimas,
477       y dijo que aquello sería el único recuerdo
478       que tendría de su niña
479       y que sería el más preciado de todos,
480       porque sería el último
481       que habría dejado en el mundo
482       antes de su horrible fin.
483       Contaban que de cuando en cuando
484       se veía oscilar en la cueva
485       un débil destello de luz en la lejanía,
486       y un tropel de hombres
487       se lanzaba corriendo hacia allá
488       con gritos de alegría,
489       y se encontraban con el amargo desengaño
490       de que no estaban allí los niños:
491       no era sino la luz de alguno de los exploradores.
492       Tres días y tres noches pasaron
493       lentos, abrumadores,
494       y el pueblo fue cayendo en un sopor sin esperanza.
495       Nadie tenía ánimos para nada.
496       El descubrimiento casual
497       de que el propietario de la Posada de Templaza
498       escondía licores en el establecimiento
499       casi no interesó a la gente,
500       a pesar de la tremenda importancia
501       y magnitud del acontecimiento.
502       En un momento de lucidez, Huck, con débil voz,
503       llevó la conversación a recaer sobre posadas,
504       y acabó por preguntar,
505       temiendo vagamente lo peor,
506       si se había descubierto algo,
507       desde que él estaba malo,
508       en la Posada de Templanza.
509       – Sí – contestó la viuda.
510       Huck se incorporó
511       con los ojos fuera de las órbitas.
512       – ¿Qué? ¿Qué han descubierto?
513       – ¡Bebidas!..., y han cerrado la posada.
514       Échate, hijo: ¡qué susto me has dado!
515       – No me digas más que una cosa...,
516       nada más que una ¡por favor!
517       ¿Fue Tom Sawyer el que las encontró?
518       La viuda se echó a llorar.
519       – ¡Calla!, ¡calla! Ya te he dicho antes
520       que no tienes que hablar.
521       Estás muy malito.
522       «Nada habían encontrado, pues, más que licores,
523       pensó Huck:
524       de ser el oro se hubiera armado una gran batahola.
525       Así, pues, el tesoro estaba perdido,
526       perdido para siempre.
527       Pero ¿por qué lloraría ella? Era cosa rara.»
528       Esos pensamientos pasaron oscura
529       y trabajosamente por el espíritu de Huck,
530       y la fatiga que le produjeron
531       le hizo dormirse.
532       – Vamos, ya está dormido el pobrecillo.
533       ¡Pensar que fuera Tom Sawyer el que lo descubrió!
534       Lástima que no puedan descubrirlo a él!
535       Ya no va quedando nadie
536       que aún conserve bastante esperanza
537       ni bastantes fuerzas
538       para seguir buscándolo.

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