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Capítulo-4. Las Aventuras de Tom Sawyer. español-ruso

Глава-4 Том, Мери и Сид отправились в воскресную школу - Capitulo-4 Tom , Mary y Sid marcharon a la escuela dominical

Capítulo 4 - Глава 4

 Глава-4. Глава-4  Том, Мери и Сид отправились в воскресную школу

 

1           El sol se levantó sobre un mundo tranquilo
2           y lanzó sus esplendores, como una bendición,
3           sobre el pueblecito apacible.
4           Acabado el desayuno, tía Polly reunió a la familia
5           para las prácticas religiosas,
6           las cuales empezaron
7           por una plegaria construida,
8           desde el cimiento hasta arriba,
9           con sólidas hiladas de citas bíblicas,
10         trabadas con un débil mortero
11         de originalidad;
12         y desde su cúspide,
13         como desde un Sinaí,
14         recitó un adusto capítulo
15         de la ley mosaica.
16         Tom se apretó los calzones, por así decirlo,
17         y se puso a trabajar para
18         «aprenderse sus versículos».
19         Sid se los sabía ya desde días antes.
20         Tom reconcentró todas sus energías
21         para grabar en su memoria cinco nada más,
22         y escogió un trozo del Sermón de la Montaña
23         porque no pudo encontrar otros versículos
24         que fueran tan cortos.
25         Al cabo de media hora
26         tenía una idea vaga
27         y general de la lección,
28         pero nada más,
29         porque su mente estaba revoloteando
30         por todas las esferas del pensamiento humano
31         y sus manos ocupadas
32         en absorbentes y recreativas tareas.
33         Mary le cogió el libro
34         para tomarle la lección,
35         y él trató de hacer camino entre la niebla.
36            – Bienaventurados los .... los...
37            – Pobres...
38            –  Sí, pobres; bienaventurados los pobres de..., de...
39            –  Espíritu...
40            –  De espíritu;
41         bienaventurados los pobres de espíritu,
42         porque ellos .... ellos...
43            –  De ellos...
44            – Porque de ellos...
45         Bienaventurados los pobres de espíritu
46         porque de ellos..., será el reino de los cielos.
47         Bienaventurados los que lloran,
48         porque ellos .... porque ellos...
49            –  Re...
50            –  Porque ellos re...
51            –  Reci...
52            –  Porque ellos reci... ¡No sé lo que sigue!
53         ¡Ah! Porque ellos recibirán...,
54         recibirán.... los que lloran.
55         Bienaventurados los que recibirán,
56         porque ellos...¿Qué recibirán?
57         ¿Por qué no me lo dices, Mary?
58         ¿Por qué eres tan tacaña?
59            – ¡Ay, Tom, simple!
60         No creas que es por hacerte rabiar.
61         No soy capaz.
62         Tienes que volver a estudiarlo.
63         No te apures, Tom:
64         ya verás cómo lo aprendes;
65         y si te lo sabes,
66         te voy a dar una cosa preciosa.
67         ¡Anda!, a ver si eres bueno.
68            –  Bien; pues dime lo que me vas a dar, Mary.
69         ¡Dime lo que es!
70            – Eso no importa, Tom.
71         Ya sabes
72         que cuando prometo algo es verdad.
73            – Te creo, Mary.
74         Voy a darle otra mano.
75         Y se la dio;
76         y bajo la doble presión
77         de la curiosidad y de la prometida ganancia,
78         lo hizo con tal ánimo
79         que tuvo un éxito deslumbrador.
80         Mary le dio una flamante navaja «Barlow»
81         que valía doce centavos y medio;
82         y las convulsiones de deleite
83         que corrieron por su organismo
84         lo conmovieron hasta los cimientos.
85         Verdad es que la navaja
86         era incapaz de cortar cosa alguna;
87         pero era una «Barlow» de las «de verdad»,
88         y en eso había imponderable grandiosidad...
89         aunque de dónde sacarían la idea
90         los muchachos del Oeste
91         de que tal arma pudiera llegar a ser falsificada
92         con menoscabo para ella,
93         es un grave misterio
94         y quizá lo será siempre.
95         Tom logró hacer
96         algunos cortes en el aparador,
97         y se preparaba a empezar con la mesa de escribir,
98         cuando le llamaron para vestirse
99         y asistir a la escuela dominical.
100       Mary le dio una jofaina de estaño
101       y un trozo de jabón,
102       y él salió fuera de la puerta
103       y puso la jofaina en un banquillo que allí había;
104       después mojó el jabón en el agua
105       y lo colocó sobre el banco;
106       se remangó los brazos,
107       vertió suavemente el agua en el suelo,
108       y en seguida entró en la cocina
109       y empezó a restregarse vigorosamente
110       con la toalla que estaba tras de la puerta.
111       Pero Mary se la quitó y le dijo:
112          – ¿No te da vergüenza, Tom?
113       No seas tan malo.
114       No tengas miedo al agua.
115       Tom se quedó un tanto desconcertado.
116       Llenaron de nuevo la jofaina,
117       y esta vez Tom se inclinó sobre ella,
118       sin acabar de decidirse;
119       reuniendo ánimos,
120       hizo una profunda aspiración, y empezó.
121       Cuando entró a poco en la cocina,
122       con los ojos cerrados,
123       buscando a tientas la toalla,
124       un honroso testimonio de agua
125       y burbujas de jabón le corría por la cara
126       y goteaba en el suelo.
127       Pero cuando salió la luz de entre la toalla
128       aún no estaba aceptable,
129       pues el territorio limpio terminaba de pronto
130       en la barbilla y las mandíbulas,
131       como un antifaz
132       y más allá de esa línea
133       había una oscura extensión de terreno de secano
134       que corría hacia abajo por el frente y hacia atrás,
135       dando la vuelta al pescuezo.
136       Mary le cogió por su cuenta,
137       y cuando acabó con él
138       era un hombre nuevo
139       y un semejante, sin distinción de color,
140       y el pelo empapado estaba cuidadosamente cepillado,
141       y sus cortos rizos ordenados
142       para producir un general efecto
143       simétrico y coquetón
144       (a solas, se alisaba los rizos
145       con gran dificultad y trabajo,
146       y se dejaba el pelo pegado a la cabeza,
147       porque tenía los rizos por cosa afeminada
148       y los suyos
149       le amargaban la existencia).
150       Mary sacó después un traje
151       que Tom sólo se había puesto los domingos,
152       durante dos años.
153       Le llamaban «el otro traje»,
154       y por ello podemos deducir
155       lo sucinto de su guardarropa.
156       La muchacha «le dio un repaso»
157       después que él se hubo vestido;
158       le abotonó la chaqueta hasta la barbilla,
159       le volvió el ancho cuello de la camisa
160       sobre los hombros,
161       le coronó la cabeza,
162       después de cepillarlo,
163       con un sombrero de paja moteado.
164       Parecía, después, mejorado
165       y atrozmente incómodo;
166       y no lo estaba menos de lo que parecía,
167       pues había en el traje completo
168       y en la limpieza una sujeción y entorpecimiento
169       que le atormentaban.
170       Tenía la esperanza de que Mary
171       no se acordaría de los zapatos,
172       pero resultó fallida;
173       se los untó concienzudamente con una capa de sebo,
174       según era el uso,
175       y se los presentó. 
176       Tom perdió la paciencia, y protestó;
177       de que siempre le obligaban a hacer
178       lo que no quería.
179       Pero Mary le dijo, persuasiva:
180          – Anda, Tom; sé un buen chico.
181       Y Tom se los puso, gruñendo.
182       Mary se arregló en seguida,
183       y los tres niños marcharon a la escuela dominical,
184       lugar que Tom aborrecía con toda su alma;
185       pero a Sid y a Mary les gustaba.
186       Las horas de esa escuela
187       eran de nueve a diez y media,
188       y después seguía el oficio religioso.
189       Dos de los niños
190       se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón,
191       y el otro siempre se quedaba también...,
192       por razones más contundentes.
193       Los asientos, sin tapizar y altos de respaldo,
194       de la iglesia
195       podrían acomodar
196       unas trescientas personas;
197       el edificio era pequeño e insignificante,
198       con una especie de cucurucho de tablas
199       puesto por montera,
200       a guisa de campanario.
201       Al llegar a la puerta,
202       Tom se echó un paso atrás
203       y abordó a un compinche
204       también endomingado.
205          – Oye, Bill,
206       ¿tienes un vale amarillo?
207          – Sí.
208          – ¿Qué quieres por él?
209          – ¿Qué me das?
210          – Un cacho de regaliz y un anzuelo.
211          – Enséñalos.
212       Tom los presentó.
213       Eran aceptables,
214       y las pertenencias cambiaron de mano.
215       Después hizo el cambalache
216       de un par de canicas por tres vales rojos,
217       y de otras cosillas por dos azules.
218       Salió al encuentro de otros muchachos,
219       según iban llegando,
220       y durante un cuarto de hora
221       siguió comprando vales de diversos colores.
222       Entró en la iglesia, al fin,
223       con un enjambre de chicos y chicas,
224       limpios y ruidosos;
225       se fue a su silla e inició una riña
226       con el primer muchacho que encontró a mano.
227       El maestro, hombre grave, ya entrado en años,
228       intervino;
229       después volvió la espalda un momento,
230       y Tom tiró del pelo al rapaz que tenía delante,
231       y ya estaba absorto en la lectura de su libro
232       cuando la víctima miró hacia atrás;
233       pinchó a un tercero con un alfiler,
234       para oírle chillar,
235       y se llevó nueva reprimenda del maestro.
236       Durante todas las clases
237       Tom era siempre el mismo:
238       inquieto, ruidoso y pendenciero.
239       Cuando llegó el momento de dar las lecciones
240       ninguno se la sabía bien
241       y había que irles apuntando
242       durante todo el trayecto.
243       Sin embargo,
244       fueron saliendo trabajosamente del paso,
245       y a cada uno se le recompensaba
246       con vales azules,
247       en los que estaban impresos
248       pasajes de las Escrituras.
249       Cada vale azul era el precio
250       de recitar dos versículos;
251       diez vales azules
252       equivalían a uno rojo,
253       y podían cambiarse por uno de éstos;
254       diez rojos equivalían a uno amarillo,
255       y por diez vales amarillos
256       el superintendente regalaba una Biblia,
257       modestamente encuadernada
258       (valía cuarenta centavos
259       en aquellos tiempos felices).
260       ¿Cuántos de mis lectores
261       hubieran tenido laboriosidad y constancia
262       para aprenderse de memoria dos mil versículos,
263       ni aun por una Biblia de las ilustradas por Doré?
264       Y sin embargo María había ganado
265       dos de esa manera:
266       fue la paciente labor de dos años;
267       y un muchacho de estirpe germánica
268       había conquistado cuatro o cinco.
269       Una vez recitó tres mil versículos
270       sin detenerse;
271       pero sus facultades mentales
272       no pudieron soportar tal esfuerzo
273       y se convirtió en un idiota, o poco menos,
274       desde aquel día:
275       dolorosa pérdida para la escuela,
276       pues en las ocasiones solemnes,
277       y delante de compañía,
278       el superintendente sacaba siempre a aquel chico
279       y (como decía Tom)
280       le abría la espita.
281       Sólo los alumnos mayorcitos
282       llegaban a conservar los vales
283       y a persistir en la tediosa labor bastante tiempo
284       para lograr una Biblia;
285       y por eso la entrega de uno de estos premios
286       era un raro y notable acontecimiento.
287       El alumno premiado era un personaje
288       tan glorioso y conspicuo por aquel día,
289       que en el acto
290       se encendía en el pecho de cada escolar
291       una ardiente emulación,
292       que solía durar un par de semanas.
293       Es posible que el estómago mental de Tom
294       nunca hubiera sentido
295       verdadera hambre de uno de esos premios,
296       pero no hay duda de que
297       de mucho tiempo atrás
298       había anhelado con toda su alma el éclat
299       que traía consigo.
300       Al llegar el momento preciso
301       el superintendente se colocó en pie frente al púlpito,
302       teniendo en la mano un libro de himnos cerrado
303       y el dedo índice inserto entre sus hojas,
304       y reclamó silencio.
305       Cuando un superintendente de escuela dominical
306       pronuncia su acostumbrado discursito,
307       un libro de himnos en la mano
308       es tan necesario
309       como el inevitable papel de música
310       en la de un cantor
311       que avanza hasta las candilejas
312       para ejecutar un solo,
313       aunque el porqué sea un misterio,
314       puesto que ni el libro ni el papel
315       son nunca consultados por el paciente.
316       Este superintendente era un ser enjuto,
317       de unos treinta y cinco años,
318       con una sotabarba de estopa
319       y pelo corto del mismo color;
320       llevaba un cuello almidonado y tieso,
321       cuyo borde le llegaba hasta las orejas
322       y cuyas agudas puntas
323       se curvaban hacia adelante
324       a la altura de las comisuras de los labios;
325       una tapia que le obligaba a mirar
326       fijamente a proa
327       y a dar la vuelta a todo el cuerpo
328       cuando era necesaria una mirada lateral.
329       Tenía la barbilla apuntalada
330       por un amplio lazo de corbata
331       de las dimensiones de un billete de banco,
332       y con flecos en los bordes,
333       y las punteras de las botas dobladas hacia arriba,
334       a la moda del día,
335       como patines de trineo:
336       resultado
337       que conseguían los jóvenes elegantes,
338       con gran paciencia y trabajo,
339       sentándose con las puntas de los pies
340       apoyados contra la pared
341       y permaneciendo así horas y horas.
342       Mister Walters tenía un aire de ardoroso interés
343       y era sincero y cordial en el fondo,
344       y consideraba las cosas y los lugares religiosos
345       con tal reverencia
346       y tan aparte de los afanes mundanos
347       que, sin que se diera cuenta de ello,
348       la voz que usaba en la escuela dominical
349       había adquirido una entonación peculiar,
350       que desaparecía por completo
351       en los días de entre semana.
352       Empezó de esta manera:
353          – Ahora, niños os vais a estar sentados,
354       todo lo derechitos y quietos que podáis,
355       y me vais a escuchar con toda atención
356       por dos minutos.
357       ¡Así, así me gusta!
358       Así es como los buenos niños y las niñas
359       tienen que estar.
360       Estoy viendo a una pequeña
361       que mira por la ventana:
362       me temo que se figura que yo ando por ahí fuera,
363       acaso en la copa de uno de los árboles,
364       echando un discurso a los pajaritos.
365       (Risitas de aprobación.)
366       Necesito deciros el gozo
367       que me causa ver
368       tantas caritas alegres y limpias
369       reunidas en un lugar como éste,
370       aprendiendo a hacer buenas obras
371       y a ser buenos...
372       Y siguió por la senda adelante.
373       No hay para qué relatar el resto de la oración.
374       Era de un modelo que no cambia,
375       y por eso nos es familiar a todos.
376       El último tercio del discurso
377       se malogró en parte
378       por haberse reanudado las pendencias
379       y otros escarceos
380       entre algunos de los chicos más traviesos,
381       y por inquietudes y murmullos
382       que se extendían
383       cada vez más llegando su oleaje
384       hasta las bases
385       de aisladas a inconmovible rocas,
386       como Sid y Mary.
387       Pero todo ruido cesó de repente
388       al extinguirse la voz de mister Walters,
389       y el término del discurso fue recibido
390       con una silenciosa explosión de gratitud.
391       Buena parte de los cuchicheos
392       había sido originada
393       por un acontecimiento más o menos raro:
394       la entrada de visitantes.
395       Eran éstos el abogado Thatcher,
396       acompañado por un anciano decrépito,
397       un gallardo y personudo caballero
398       de pelo gris, entrado en años,
399       y una señora solemne,
400       que era, sin duda, la esposa de aquél.
401       La señora llevaba una niña de la mano.
402       Tom había estado intranquilo
403       y lleno de angustias y aflicciones,
404       y aun de remordimientos;
405       no podía cruzar su mirada con la de Amy Lawrence
406       ni soportar las que ésta le dirigía.
407       Pero cuando vio
408       a la niña recién llegada
409       el alma se le inundó de dicha.
410       Un instante después
411       estaba «presumiendo» a toda máquina:
412       puñadas a los otros chicos,
413       tirones de pelos,
414       contorsiones con la cara,
415       en una palabra:
416       empleando todas las artes de seducción
417       que pudieran fascinar a la niña
418       y conseguir su aplauso.
419       Su loca alegría
420       no tenía más que una mácula:
421       el recuerdo de su humillación
422       en el jardín del ser angélico,
423       y ese recuerdo, escrito en la arena,
424       iba siendo barrido rápidamente
425       por las oleadas de felicidad
426       que en aquel instante pasaban sobre él.
427       Se dio a los visitantes
428       el más encumbrado asiento de honor,
429       y tan pronto como mister Walters
430       terminó su discurso
431       los presentó a la escuela.
432       El caballero del pelo gris
433       resultó ser un prodigioso personaje,
434       nada menos que el juez del condado;
435       sin duda el ser más augusto
436       en que los niños habían puesto nunca sus ojos.
437       Y pensaban
438       de qué sustancia estaría formado,
439       y hubieran deseado oírle rugir
440       y hasta tenían un poco de miedo
441       de que lo hiciera.
442       Había venido desde Constantinopla,
443       a doce millas de distancia,
444       y, por consiguiente, había viajado
445       y había visto mundo;
446       aquellos mismos ojos
447       habían contemplado la Casa de Justicia del condado,
448       de la que se decía que tenía el techo de cinc.
449       El temeroso pasmo
450       que inspiraban estas reflexiones
451       se atestiguaba por el solemne silencio
452       y por las filas de ojos abiertos en redondo.
453       Aquél era el gran juez Thatcher,
454       hermano del abogado de la localidad.
455       Jeff Thatcher se adelantó en seguida
456       para mostrarse familiar
457       con el gran hombre
458       y excitar la envidia de la escuela.
459       Música celestial hubiera sido para sus oídos
460       escuchar los comentarios.
461          – ¡Mírale, Jim!
462       Se va arriba con ellos.
463       ¡Mira, mira!, va a darle la mano.
464       ¡Ya se la da!
465       ¿Lo que darías tú por ser Jeff?
466       Mister Walters se puso «a presumir»
467       con toda suerte de bullicios
468       y actividades oficialescas,
469       dando órdenes,
470       emitiendo juicios
471       y disparando instrucciones aquí y allá
472       y hacia todas partes
473       donde podía encontrar un blanco.
474       El bibliotecario «presumió»
475       corriendo de acá para allá
476       con brazados de libros,
477       y con toda la baraúnda
478       y aspavientos
479       en que se deleita la autoridad insecto.
480       Las señoritas instructoras «presumieron»
481       inclinándose melosamente sobre escolares
482       a los que acababan de tirar de las orejas,
483       levantando deditos amenazadores
484       delante de los muchachos malos
485       y dando amorosas palmaditas a los buenos.
486       Los caballeretes instructores «presumían»
487       prodigando regañinas
488       y otras pequeñas muestras
489       de incansable celo por la disciplina,
490       y unos y otros
491       tenían grandes quehaceres en la librería,
492       que los obligaban
493       a ir y venir incesantemente
494       y, al parecer,
495       con gran agobio y molestia.
496       Las niñas «presumían»
497       de mil distintos modos,
498       y los chicuelos «presumían» con tal diligencia
499       que los proyectiles de papel
500       y rumor de reyertas llenaban el aire.
501       Y cerniéndose sobre todo ello,
502       el grande hombre seguía sentado,
503       irradiaba una majestuosa sonrisa judicial
504       sobre toda la concurrencia
505       y se calentaba al sol de su propia grandeza,
506       pues estaba «presumiendo» también.
507       Sólo una cosa faltaba
508       para hacer el gozo de mister Walters completo,
509       y era la ocasión de dar el premio de la Biblia
510       y exhibir un fenómeno.
511       Algunos escolares tenían vales amarillos,
512       pero ninguno tenía los necesarios:
513       ya había él investigado
514       entre las estrellas de mayor magnitud.
515       Hubiera dado todo lo del mundo, en aquel momento,
516       porque le hubieran restituido,
517       con la mente recompuesta,
518       aquel muchacho alemán.
519       Y entonces, cuando había muerto toda esperanza,
520       Tom Sawyer se adelantó
521       con nueve vales amarillos,
522       nueve vales rojos y diez azules,
523       y solicitó una Biblia.
524       Fue un rayo cayendo de un cielo despejado.
525       Walters no esperaba una petición semejante,
526       de tal persona,
527       en los próximos diez años.
528       Pero no había que darle vueltas:
529       allí estaban los vales
530       y eran moneda legal.
531       Tom fue elevado en el acto al sitio
532       que ocupaban el juez y los demás elegidos,
533       y la gran noticia
534       fue proclamada desde el estrado.
535       Era la más pasmosa sorpresa
536       de la década;
537       y tan honda sensación produjo,
538       que levantó al héroe nuevo
539       hasta la altura misma del héroe judicial.
540       Todos los chicos estaban muertos de envidia;
541       pero los que sufrían más agudos tormentos
542       eran los que se daban cuenta, demasiado tarde,
543       de que ellos mismos habían contribuido
544       a aquella odiosa apoteosis
545       por ceder sus vales a Tom
546       a cambio de las riquezas
547       que había amontonado
548       vendiendo permisos para enjalbegar.
549       Sentían desprecio de sí mismos
550       por haber sido víctimas de un astuto defraudador,
551       de una embaucadora serpiente
552       escondida en la hierba.
553       El premio fue entregado a Tom
554       con toda la efusión que el superintendente,
555       dando a la bomba,
556       consiguió hacer subir hasta la superficie
557       en aquel momento;
558       pero le faltaba
559       algo del genuino surtidor espontáneo,
560       pues el pobre hombre se daba cuenta,
561       instintivamente,
562       de que había allí un misterio
563       que quizá
564       no podría resistir fácilmente la luz.
565       Era simplemente absurdo
566       pensar que aquel muchacho
567       tenía almacenadas en su granero
568       dos mil gavillas de sabiduría bíblica,
569       cuando una docena bastarían,
570       sin duda,
571       para forzar y distender su capacidad.
572       Amy Lawrence estaba orgullosa y contenta,
573       y trató de hacérselo ver a Tom;
574       pero no había modo de que la mirase.
575       No, no adivinaba la causa;
576       después se turbó un poco;
577       en seguida la asaltó una vaga sospecha,
578       y se disipó, y tornó a surgir.
579       Vigiló atenta;
580       una furtiva mirada fue una revelación,
581       y entonces se le encogió el corazón,
582       y experimentó celos y rabia,
583       y brotaron las lágrimas,
584       y sintió aborrecimiento por todos,
585       y más que por nadie, por Tom.
586       El cual fue presentado al juez;
587       pero tenía la lengua paralizada,
588       respiraba con dificultad
589       y le palpitaba el corazón;
590       en parte, por la imponente grandeza
591       de aquel hombre,
592       pero sobre todo, porque era el padre de ella.
593       Hubiera querido postrarse ante él y adorarlo,
594       si hubieran estado a oscuras.
595       El juez le puso la mano sobre la cabeza
596       y le dijo que era un hombrecito de provecho,
597       y le preguntó cómo se llamaba.
598       El chico tartamudeó,
599       abrió la boca, y lo echó fuera:
600          – Tom.
601          – No, Tom, no...; es....
602          – Thomas.
603          – Eso es.
604       Ya pensé yo que debía de faltar algo.
605       Bien está.
606       Pero algo te llamarás además de eso,
607       y me lo vas a decir, ¿no es verdad?
608          – Dile a este caballero tu apellido, Thomas –
609       dijo Walters –; y dile además «señor».
610       No olvides las buenas maneras.
611          – Thomas Sawyer, señor.
612          – ¡Muy bien!
613       Así hacen los chicos buenos.
614       ¡Buen muchacho!
615       ¡Un hombrecito de provecho!
616       Dos mil versículos son muchos, muchísimos.
617       Y nunca te arrepentirás del trabajo
618       que te costó aprenderlos,
619       pues el saber es lo que más vale en el mundo;
620       él es el que hace los grandes hombres
621       y los hombres buenos;
622       tú serás algún día
623       un hombre grande y virtuoso, Thomas,
624       y entonces mirarás hacia atrás y has de decir:
625       «Todo se lo  debo a las ventajas de la inapreciable
626       escuela dominical,
627       en mi niñez;
628       todo se lo debo a mis queridos profesores,
629       que me enseñaron a estudiar;
630       todo se lo debo al buen superintendente,
631       que me alentó
632       y se interesó por mí
633       y me regaló una magnífica y lujosa Biblia
634       para mí solo:
635       ¡todo lo debo a haber sido bien educado!»
636       Eso dirías, Thomas,
637       y por todo el oro del mundo
638       no darías esos dos mil versículos.
639       No, no los darías.
640       Y ahora ¿querrás decirnos
641       a esta señora y a mí algo de lo que sabes?
642       Ya sí que nos lo dirás,
643       porque a nosotros
644       nos enorgullecen los niños estudiosos.
645       Seguramente sabes
646       los nombres de los doce discípulos.
647       ¿No quieres decirnos cómo se llamaban
648       los dos primeros que fueron elegidos?
649       Tom se estaba tirando de un botón,
650       con aire borreguil.
651       Se ruborizó y bajó los ojos:
652       Mister Walters empezó a trasudar,
653       diciéndose a sí mismo:
654       «No es posible
655       que el muchacho contestase a la menor pregunta...
656       ¡En qué hora se le ha ocurrido al juez examinarlo.»
657       Sin embargo, se creyó obligado a intervenir,
658       y dijo:
659          – Contesta a este señor, Thomas.
660       No tengas miedo.
661       Tom continuó mudo.
662          – Me lo va a decir a mí – dijo la señora –.
663       Los nombres de los primeros discípulos fueron...
664          – ¡David y Goliat!
665       Dejemos caer un velo compasivo
666       sobre el resto de la escena.

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