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Capítulo-6. Las Aventuras de Tom Sawyer. español-ruso

Глава-6 Чтобы не ходить в школу - Capitulo-6 Por no ir a la escuela

Capítulo 6 - Глава 6

 

1           La mañana del lunes
2           encontró a Tom Sawyer afligido.
3           Las mañanas de los lunes
4           le hallaban siempre así,
5           porque eran el comienzo de otra semana
6           de lento sufrir en la escuela.
7           Su primer pensamiento en esos días era lamentar
8           que se hubiera interpuesto un día festivo,
9           pues eso hacía más odiosa
10         la vuelta a la esclavitud
11         y al grillete.
12         Tom se quedó pensando.
13         Se le ocurrió que ojalá estuviese enfermo:
14         así se quedaría en casa sin ir a la escuela.
15         Había una vaga posibilidad.
16         Pasó revista a su organismo.
17         No aparecía enfermedad alguna,
18         y lo examinó de nuevo.
19         Esta vez creyó
20         que podía barruntar ciertos síntomas de cólico,
21         y comenzó a alentarlos con grandes esperanzas.
22         Pero se fueron debilitando y desaparecieron a poco.
23         Volvió a reflexionar.
24         De pronto hizo un descubrimiento:
25         se le movía un diente.
26         Era una circunstancia feliz;
27         y estaba a punto de empezar a quejarse,
28         «para dar la alarma», como él decía,
29         cuando se le ocurrió
30         que si acudía ante el tribunal
31         con aquel argumento
32         su tía se lo arrancaría,
33         y eso le iba a doler.
34         Decidió, pues, dejar el diente en reserva
35         por entonces,
36         y buscar por otro lado.
37         Nada se ofreció por el momento;
38         pero después se acordó
39         de haber oído al médico hablar
40         de una cierta cosa
41         que tuvo un paciente en cama
42         dos o tres semanas
43         y le puso en peligro de perder un dedo.
44         Sacó de entre las sábanas un pie,
45         en el que tenía un dedo malo,
46         y procedió a inspeccionarlo:
47         pero se encontró
48         con que no conocía los síntomas de la enfermedad.
49         Le pareció, sin embargo, que valía la pena intentarlo,
50         y rompió a sollozar con gran energía.
51         Pero Sid continuó dormido, sin darse cuenta.
52         Tom sollozó con más brío,
53         y se le figuró
54         que empezaba a sentir dolor
55         en el dedo enfermo.
56         Ningún efecto en Sid.
57         Tom estaba ya jadeante de tanto esfuerzo.
58         Se tomó un descanso,
59         se proveyó de aire hasta inflarse,
60         y consiguió lanzar
61         una serie de quejidos admirables.
62         Sid seguía roncando.
63         Tom estaba indignado.
64         Le sacudió, gritándole: «¡Sid, Sid!»
65         Este método dio resultado,
66         y Tom comenzó a sollozar de nuevo.
67         Sid bostezó, se desperezó,
68         después se incorporó sobre un codo,
69         dando un relincho,
70         y se quedó mirando fijamente a Tom.
71         El cual siguió sollozando.
72            – ¡Tom! ¡Oye, Tom!    – le gritó Sid.
73         No obtuvo respuesta.
74            – ¡Tom! ¡Oye! ¿Qué te pasa? –
75         y se acercó a él, sacudiéndole
76         y mirándole la cara, ansiosamente.
77            – ¡No, Sid, no! – gimoteó Tom –.
78         ¡No me toques!
79            – ¿Qué te pasa? Voy a llamar a la tía.
80            – No; no importa. Ya se me pasará.
81         No llames a nadie.
82            – Sí; tengo que llamarla.
83         No llores así, Tom, que me da miedo.
84         ¿Cuánto tiempo hace que estás así?
85            – Horas. ¡Ay!
86         No me muevas, Sid, que me matas.
87            – ¿Por qué no me llamaste antes?
88         ¡No, Tom, no! ¡No te quejes así,
89         que me pones la carne de gallina!
90         ¿Qué es lo que te pasa?
91            – Todo te lo perdono, Sid (Quejido.)
92         Todo lo que me has hecho.
93         Cuando me muera...
94            – ¡Tom! ¡Que no te mueres! ¿Verdad?
95         ¡No, no! Acaso...
96            – Perdono a todos, Sid.
97         Díselo. (Quejido.)
98         Y, Sid, le das mi falleba
99         y mi gato tuerto
100       a esa niña nueva que ha venido al pueblo,
101       y le dices...
102       Pero Sid, asiendo de sus ropas, se había ido.
103       Tom estaba sufriendo ahora de veras –
104       con tan buena voluntad
105       estaba trabajando su imaginación-,
106       y así sus gemidos
107       habían llegado a adquirir un tono genuino.
108       Sid bajó volando las escaleras y gritó:
109          – ¡Tía Polly, corra!
110       ¡Tom se está muriendo!
111          – ¿Muriendo?
112          – ¡Sí, tía...! ¡De prisa, de prisa!
113          – ¡Pamplinas! No lo creo.
114       Pero corrió escaleras arriba, sin embargo,
115       con Sid y Mary a la zaga.
116       Y había palidecido además,
117       y le temblaban los labios.
118       Cuando llegó al lado de la cama,
119       dijo sin aliento:
120          – ¡Tom! ¿Qué es lo que te pasa?
121          – ¡Ay tía, estoy ..!
122          – ¿Qué tienes? ¿Qué es lo que tienes?
123          – ¡Ay tía, tengo el dedo del pie irritado!.
124       La anciana se dejó caer en una silla
125       y rió un poco,
126       lloró otro poco,
127       y después hizo ambas cosas a un tiempo.
128       Esto la tranquilizó, y dijo:
129          – Tom, ¡qué rato me has dado!
130       Ahora, basta de esas tonterías,
131       y a levantarse a escape.
132       Los gemidos cesaron
133       y el dolor desapareció del dedo.
134       El muchacho se quedó corrido, y añadió:
135          – Tía Polly, parecía que estaba irritado,
136       y me hacía tanto daño
137       que no me importaba nada lo del diente.
138          – ¿El diente? ¿Qué es lo que le pasa al diente?
139          – Tengo uno que se menea
140       y me duele una barbaridad.
141          – Calla, calla; no empieces la murga otra vez.
142       Abre la boca.
143       Bueno, pues se te menea;
144       pero por eso no te has de morir.
145       Mary, tráeme un hilo de seda
146       y un tizón encendido del fogón.
147          – ¡Por Dios, tía!
148       ¡No me lo saques, que ya no me duele!
149       ¡Que no me mueva de aquí
150       si es mentira!
151       ¡No me lo saques, tía!
152       Que no es que quiera quedarme en casa
153       y no ir a la escuela.
154          – ¡Ah!, ¿de veras?
155       ¿De modo que toda esta trapatiesta
156       ha sido por no ir a la escuela
157       y marcharse a pescar, eh?
158       ¡Tom, Tom, tanto como yo te quiero,
159       y tú tratando de matarme
160       a disgustos con tus bribonadas!
161       Para entonces ya estaban prestos
162       los instrumentos de cirugía dental.
163       La anciana sujetó el diente con un nudo corredizo
164       y ató el otro extremo del hilo
165       a un poste de la cama.
166       Cogió después el tizón hecho ascua,
167       y de pronto lo arrimó
168       a la cara de Tom casi hasta tocarle.
169       El diente quedó balanceándose en el hilo,
170       colgado del poste.
171       Pero todas las penas tienen sus compensaciones.
172       Camino de la escuela, después del desayuno,
173       Tom causó la envidia
174       de cuantos chicos le encontraron
175       porque la mella
176       le permitía escupir
177       de un modo nuevo y admirable.
178       Fue reuniendo un cortejo de rapaces
179       interesados en aquella habilidad,
180       y uno de ellos,
181       que se había cortado un dedo
182       y había sido hasta aquel momento
183       un centro de fascinante atracción,
184       se encontró de pronto sin un solo adherente,
185       y desnudo de su gloria.
186       Sintió encogérsele el corazón
187       y dijo, con fingido desdén,
188       que era cosa de nada
189       escupir como Tom;
190       pero otro chico le contestó:
191       «¡Están verdes!»,
192       y él se alejó solitario,
193       como un héroe olvidado.
194       Poco después se encontró Tom
195       con el paria infantil de aquellos contornos,
196       Huckleberry Finn,
197       hijo del borracho del pueblo.
198       Huckleberry era cordialmente aborrecido
199       y temido por todas las madres,
200       porque era holgazán,
201       y desobediente,
202       y ordinario, y malo...,
203       y porque los hijos de todas ellas
204       lo admiraban tanto
205       y se deleitaban en su velada compañía
206       y sentían no atreverse
207       a ser como él.
208       Tom se parecía
209       a todos los muchachos decentes
210       en que envidiaba a Huckleberry
211       su no disimulada condición de abandonado
212       y en que había recibido órdenes terminantes
213       de no jugar con él.
214       Por eso jugaba con él
215       en cuanto tenía ocasión.
216       Huckleberry andaba siempre
217       vestido con los desechos de gente adulta,
218       y su ropa parecía estar
219       en una perenne floración de jirones,
220       toda llena de flecos y colgajos.
221       El sombrero era una vasta ruina
222       con media ala de menos;
223       la chaqueta, cuando la tenía,
224       le llegaba cerca de los talones;
225       un solo tirante le sujetaba los calzones,
226       cuyo fondillo le colgaba muy abajo,
227       como una bolsa vacía,
228       y eran tan largos
229       que sus bordes deshilachados
230       se arrastraban por el barro
231       cuando no se los remangaba.
232       Huckleberry iba y venía
233       según su santa voluntad.
234       Dormía en los quicios de las puertas
235       en el buen tiempo,
236       y si llovía, en bocoyes vacíos;
237       no tenía que ir a la escuela
238       o a la iglesia
239       y no reconocía amo ni señor
240       ni tenía que obedecer a nadie;
241       podía ir a nadar o de pesca
242       cuando le venía la gana
243       y estarse todo el tiempo que se le antojaba;
244       nadie le impedía andar a cachetes;
245       podía trasnochar cuanto quería;
246       era el primero en ir descalzo en primavera
247       y el último en ponerse zapatos en otoño;
248       no tenía que lavarse nunca
249       ni ponerse ropa limpia;
250       sabía jurar prodigiosamente.
251       En una palabra: todo lo que hace la vida
252       apetecible y deleitosa
253       lo tenía aquel muchacho.
254       Así lo pensaban todos los chicos,
255       acosados,
256       cohibidos,
257       decentes, de San Petersburgo.
258       Tom saludó al romántico proscrito.
259          – ¡Hola, Huckleberry!
260          – ¡Hola, tú! Mira a ver si te gusta.
261          – ¿Qué es lo que tienes?
262          –  Un gato muerto.
263          –  Déjame verlo, Huck.
264       ¡Mira qué tieso está!
265       ¿Dónde lo encontraste?
266          –  Se lo cambié a un chico.
267          – ¿Qué diste por él?
268          – Un vale azul
269       y una vejiga que me dieron en el matadero.
270          – ¿Y de dónde sacaste el vale azul?
271          – Se lo cambié a Ben Rogers hace dos semanas
272       por un bastón.
273          – Dime: ¿para qué sirven los gatos muertos?
274          – ¿Servir? Para curar verrugas.
275          – ¡No! ¿Es de veras?
276       Yo sé una cosa que es mejor.
277          – ¿A que no? Di lo que es.
278         – Pues agua de yesca.
279          – ¡Agua de yesca!
280       No daría yo un pito por agua de yesca.
281          – ¿Que no? ¿Has hecho la prueba?.
282       Yo no. Pero Bob Tanner la hizo.
283          – ¿Quién te lo ha dicho?
284          – Pues él se lo dijo a Jeff Thatcher,
285       y Jeff se lo dijo a Johnny Baker,
286       y Johnny a Jim Hollis,
287       y Jim a Ben Rogers,
288       y Ben se lo dijo a un negro,
289       y el negro me lo dijo a mí.
290       ¡Conque ahí tienes!
291          – Bueno, ¿y qué hay con eso?
292       Todos mienten.
293       Por lo menos, todos, a no ser el negro:
294       a ése no lo conozco,
295       pero no he conocido a un negro que no mienta.
296       Y dime, ¿cómo lo hizo Bob Tanner?
297          – Pues fue y metió la mano en un tronco podrido
298       donde había agua de lluvia.
299          – ¿Por el día?
300          – Por el día.
301          – ¿Con la cara vuelta al tronco?
302          – Puede que sí.
303          – ¿Y dijo alguna cosa?
304          – Me parece que no. No lo sé.
305          – ¡Ah! ¡Vaya un modo de curar verrugas
306       con agua de yesca!
307       Eso no sirve para nada.
308       Tiene uno que ir solo en medio del bosque,
309       donde sepa que hay un tronco con agua,
310       y al dar la media noche tumbarse de espaldas
311       en el tronco
312       y meter la mano dentro y decir:
313       ¡Tomates, tomates, tomates y lechugas;
314       agua de yesca, quítame las verrugas!
315       y, en seguida dar once pasos deprisa,
316       y después dar tres vueltas,
317       y marcharse a casa sin hablar con nadie.
318       Porque si uno habla,
319       se rompe el hechizo.
320          – Bien; parece un buen remedio;
321       pero no es como lo hizo Bob Tanner.
322          – Ya lo creo que no.
323       Como que es el más plagado de verrugas del pueblo,
324       y no tendría ni una
325       si supiera manejar lo del agua de yesca.
326       Así me he quitado yo de las manos más de mil.
327       Como juego tanto con ranas,
328       me salen siempre a montones.
329       Algunas veces me las quito con una judía.
330          – Sí, las judías son buenas.
331       Ya lo he hecho yo.
332          – ¿Sí? ¿Y cómo lo arreglas?
333          – Pues se coge la judía y se parte en dos,
334       y se saca una miaja de sangre de la verruga,
335       se moja con ella un pedazo de la judía,
336       y se hace un agujero en una encrucijada
337       hacia media noche, cuando no haya luna;
338       y después se quema el otro pedazo.
339       Pues oye: el pedazo que tiene la sangre
340       se tira para juntarse al otro pedazo,
341       y eso ayuda a la sangre a tirar de la verruga,
342       y en seguida la arranca.
343          – Así es, Huck; es verdad.
344       Pero si cuando lo estás enterrando dices:
345       «¡Abajo la judía, fuera la verruga!»,
346       es mucho mejor.
347       Así es como lo hace Joe Harper,
348       que ha ido hasta cerca de Coonville,
349       y casi a todas partes.
350       Pero, dime:
351       ¿cómo las curas tú con gatos muertos?
352          – Pues coges el gato y vas y subes al camposanto,
353       cerca de medianoche,
354       donde hayan enterrado
355       a alguno que haya sido muy malo;
356       y al llegar la medianoche
357       vendrá un diablo a llevárselo
358       o puede ser dos o tres;
359       pero uno no los ve,
360       no se hace más que oír algo,
361       como si fuera el viento,
362       o se les llega a oír hablar;
363       y cuando se estén llevando al enterrado
364       les tiras con el gato y dices:
365       «¡Diablo, sigue al difunto;
366       gato, sigue al diablo;
367       verruga, sigue al gato,
368       ya acabé contigo!»
369       No queda ni una.
370          – Parece bien. ¿Lo has probado, Huck?
371          – No; pero me lo dijo la tía Hopkins, la vieja.
372          – Pues entonces verdad será,
373       porque dicen que es bruja.
374          – ¿Dicen? ¡Si yo sé que lo es!
375       Fue la que embrujó a mi padre.
376       Él mismo lo dice.
377       Venía andando un día y vio
378       que le estaba embrujando,
379       así es que cogió un peñasco
380       y, si no se desvía ella, allí la deja.
381       Pues aquella misma noche
382       rodó por un cobertizo,
383       donde estaba durmiendo borracho,
384       y se partió un brazo.
385          – ¡Qué cosa más tremenda!
386       ¿Cómo supo que le estaba embrujando?
387          – Mi padre lo conoce a escape.
388       Dice que cuando le miran a uno fijo
389       le están embrujando,
390       y más si cuchichean.
391       Porque si cuchichean
392       es que están diciendo el «Padre nuestro» al revés.
393          – Y dime, Huck,
394       ¿cuándo vas a probar con ese gato?
395          – Esta noche.
396       Apuesto a que vienen a llevarse esta noche
397       a Hoss Williams.
398          – Pero le enterraron el sábado.
399       ¿No crees que se lo llevarían
400       el mismo sábado por la noche?
401          – ¡Vamos, hombre!
402       ¡No ves que no tienen poder hasta medianoche,
403       y para entonces ya es domingo.
404       Los diablos no andan mucho por ahí los domingos,
405       creo yo.
406          – No se me había ocurrido.
407       Así tiene que ser.
408       ¿Me dejas ir contigo?
409          – Ya lo creo..., si no tienes miedo.
410          – ¡Miedo! Vaya una cosa...
411       ¿Maullarás?.
412          – Sí, y tú me contestas con otro maullido.
413       La última vez me hiciste estar maullando
414       hasta que el tío Hays empezó a tirarme piedras
415       y a decir: «¡Maldito gato!»
416       Así es que cogí un ladrillo
417       y se lo metí por la ventana;
418       pero no lo digas.
419          – No lo diré.
420       Aquella noche no pude maullar
421       porque mi tía me estaba acechando;
422       pero esta vez maullaré.
423       Di, Huck, ¿qué es eso que tienes?
424          – Nada; una garrapata.
425          – ¿Dónde la has cogido?
426          – Allá en el bosque.
427          – ¿Qué quieres por ella?
428          – No sé. No quiero cambiarla.
429          – Bueno. Es una garrapatilla
430       que no vale nada.
431          – ¡Bah! Cualquiera puede echar por el suelo
432       una garrapata que no es suya.
433       A mí me gusta. Para mí, buena es.
434          – Hay todas las que se quiera.
435       Podía tener yo mil si me diera la gana.
436          – ¿Y por qué no las tienes?
437       Pues porque no puedes.
438       Esta es una garrapata muy temprana.
439       Es la primera que he visto este año.
440          – Oye, Huck: te doy mi diente por ella.
441          – Enséñalo.
442       Tom sacó un papelito
443       y lo desdobló cuidadosamente.
444       Huckleberry lo miró codicioso.
445       La tentación era muy grande.
446       Al fin dijo:
447          – ¿Es de verdad?
448       Tom levantó el labio y le enseñó la mella.
449          – Bueno – dijo Huckleberry –, trato hecho.
450       Tom encerró a la garrapata en la caja de pistones
451       que había sido la prisión del «pellizquero»,
452       y los dos muchachos se separaron,
453       sintiéndose ambos más ricos que antes.
454       Cuando Tom llegó
455       a la casita aislada de madera
456       donde estaba la escuela,
457       entró con apresuramiento,
458       con el aire de uno
459       que había llegado con diligente celo.
460       Colgó el sombrero en una percha
461       y se precipitó en su asiento
462       con afanosa actividad.
463       El maestro, entronizado en su gran butaca,
464       desfondada,
465       dormitaba arrullado por el rumor del estudio.
466       La interrupción lo despabiló:
467          – ¡Thomas Sawyer!
468       Tom sabía
469       que cuando le llamaban por el nombre y apellido
470       era signo de tormenta.
471          – ¡Servidor!
472          – Ven aquí.
473       ¿Por qué llega usted tarde, como de costumbre?
474       Tom estaba a punto de cobijarse en una mentira,
475       cuando vio dos largas trenzas
476       de pelo dorado
477       colgando por una espalda
478       que reconoció
479       por amorosa simpatía magnética,
480       y junto a aquel pupitre
481       estaba el único lugar vacante,
482       en el lado de la escuela destinado a las niñas.
483       Al instante dijo:
484          – He estado hablando con Huckleberry Finn.
485       Al maestro se le paralizó el pulso
486       y se quedó mirándole atónito, sin pestañear.
487       Cesó el zumbido del estudio.
488       Los discípulos se preguntaban
489       si aquel temerario rapaz había perdido el juicio.
490       El maestro dijo:
491          – ¿Has estado... haciendo... qué?
492          – Hablando con Huckleberry Finn.
493       La declaración era terminante.
494          – Thomas Sawyer,
495       ésta es la más pasmosa confesión
496       que jamás oí:
497       no basta la palmeta para tal ofensa.
498       Quítate la chaqueta.
499       El maestro solfeó hasta que se le cansó el brazo,
500       y la provisión de varas disminuyó notablemente.
501       Después siguió la orden:
502          – Y ahora se va usted a sentar con las niñas.
503       Y que le sirva de escarmiento.
504       El jolgorio y las risas
505       que corrían por toda la escuela
506       parecían avergonzar al muchacho;
507       pero en realidad su rubor
508       más provenía de su tímido culto
509       por el ídolo desconocido
510       y del temeroso placer
511       que le proporcionaba su buena suerte.
512       Se sentó en la punta del banco de pino
513       y la niña se apartó bruscamente de él,
514       volviendo a otro lado la cabeza.
515       Codazos y guiños
516       y cuchicheos llenaban la escuela;
517       pero Tom continuaba inmóvil,
518       con los brazos apoyados en el largo pupitre
519       que tenía delante,
520       absorto, al parecer, en su libro.
521       Poco a poco se fue apartando de él
522       la atención general,
523       y el acostumbrado zumbido de la escuela
524       volvió a elevarse en el ambiente soporífero.
525       Después el muchacho
526       empezó a dirigir furtivas miradas a la niña.
527       Ella le vio, le hizo un «hocico»
528       y le volvió el cogote por un largo rato.
529       Cuando, cautelosamente, volvió la cara,
530       había un melocotón ante ella.
531       Lo apartó de un manotazo;
532       Tom volvió a colocarlo,
533       suavemente, en el mismo sitio;
534       ella lo volvió a rechazar de nuevo,
535       pero sin tanta hostilidad;
536       Tom, pacientemente, lo puso donde estaba,
537       y entonces ella lo dejó estar.
538       Tom garrapateó en su pizarra:
539       «Tómalo. Tengo más».
540       La niña echó una mirada al letrero,
541       pero siguió impasible.
542       Entonces el muchacho empezó a dibujar,
543       en la pizarra,
544       ocultando con la mano izquierda
545       lo que estaba haciendo.
546       Durante un rato, la niña no quiso darse por enterada;
547       pero la curiosidad empezó a manifestarse en ella
548       con imperceptibles síntomas.
549       El muchacho siguió dibujando,
550       como si no se diese cuenta de lo que pasaba.
551       La niña realizó un disimulado intento para ver,
552       pero Tom hizo como que no lo advertía.
553       Al fin ella se dio por vencida y murmuró:
554          – Déjame verlo.
555       Tom dejó ver en parte
556       una lamentable caricatura de una casa,
557       con un tejado escamoso
558       y un sacacorchos de humo saliendo por la chimenea.
559       Entonces la niña empezó a interesarse en la obra,
560       y se olvidó de todo.
561       Cuando estuvo acabada,
562       la contempló y murmuró:
563          – Es muy bonita. Hay un hombre.
564       El artista erigió delante de la casa un hombre
565       que parecía una grúa.
566       Podía muy bien haber pasado
567       por encima del edificio;
568       pero la niña no era demasiado crítica,
569       el monstruo la satisfizo, y murmuró:
570          – Es un hombre muy bonito...
571       Ahora píntame a mí llegando.
572       Tom dibujó un reloj de arena
573       con una luna llena encima
574       y dos pajas por abajo,
575       y armó los desparramados dedos
576       con portentoso abanico.
577       La niña dijo:
578          – ¡Qué bien está! ¡Ojalá supiera yo pintar!
579          – Es muy fácil – murmuró Tom –.
580       Yo te enseñaré.
581          – ¿De veras? ¿Cuándo?
582          – A mediodía.
583       ¿Vas a tu casa a almorzar?
584          – Si quieres, me quedaré.
585          – Muy bien,
586       ¡al pelo! ¿Cómo te llamas?
587          – Becky Thatcher. ¿Y tú?
588       ¡Ah, ya lo sé! Thomas Sawyer.
589          – Así es como me llaman cuando me zurran.
590       Cuando soy bueno, me llamo Tom.
591       Llámame Tom, ¿quieres?
592          – Sí.
593       Tom empezó a escribir algo en la pizarra,
594       ocultándolo a la niña.
595       Pero ella había ya abandonado el recato.
596       Le pidió que se la dejase ver.
597       Tom contestó:
598          – No es nada.
599          – Sí, algo es.
600          – No, no es nada; no necesitas verlo.
601          – Sí, de veras que sí. Déjame.
602          – Lo vas a contar.
603          – No. De veras y de veras y de veras
604       que no lo cuento.
605          – ¿No se lo vas a decir a nadie?
606       ¿En toda tu vida lo has de decir?
607          – No; a nadie se lo he de decir. Déjame verlo.
608          – ¡Ea! No necesitas verlo.
609          – Pues por ponerte así, lo he de ver, Tom –
610       y cogió la mano del muchacho con la suya,
611       y hubo una pequeña escaramuza.
612       Tom fingía resistir de veras,
613       pero dejaba correrse la mano poco a poco,
614       hasta que quedaron al descubierto estas palabras:
615       Te amo.
616          – ¡Eres un malo! –
617       y le dio un fuerte manotazo,
618       pero se puso encendida
619       y pareció satisfecha, a pesar de todo.
620       Y en aquel instante preciso sintió el muchacho
621       que un torniquete lento, implacable,
622       le apretaba la oreja
623       y al propio tiempo lo levantaba en alto.
624       Y en esa guisa
625       fue llevado a través de la clase
626       y depositado en su propio asiento,
627       entre las risas y befa de toda la escuela.
628       El maestro permaneció cerniéndose sobre él,
629       amenazador,
630       durante unos instantes trágicos,
631       y al cabo regresó a su trono,
632       sin añadir palabra.
633       Pero aunque a Tom le escocía la oreja,
634       el corazón le rebosaba de gozo.
635       Cuando sus compañeros se calmaron,
636       Tom hizo un honrado intento de estudiar;
637       pero el tumulto de su cerebro
638       no se lo permitía.
639       Ocupó después su sitio en la clase de lectura,
640       y fue aquello un desastre;
641       después en la clase de geografía,
642       convirtió lagos en montañas,
643       montañas en ríos y ríos en continentes,
644       hasta rehacer el caos;
645       después, en la de escritura,
646       donde fue «rebajado»
647       por sus infinitas faltas
648       y colocado el último,
649       y tuvo que entregar la medalla de peltre
650       que había lucido con ostentación
651       durante algunos meses.

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